Bienvenidos al Proyecto Hundidero-Gato

La casa de mis padres en el pueblo, donde nací, es hoy un fantasma de sí misma, una suerte de casa encantada. Se construyó a retazos y se deconstruyó de la misma manera, a golpe de urgencias, de coyunturas vitales o de acopios monetarios. Llegó a ser una casa muy grande porque además de cinco hermanos albergaba el negocio familiar: una tienda de ultramarinos en la que se vendía de todo y que requería un almacén, una trastienda, un sótano… Todo se fue desvaneciendo. Mis padres se jubilaron, se cerró la tienda y los hijos abandonamos el nido. Hubo que ir poco a poco desmontándolo todo y adaptando la casa a las nuevas necesidades. En una de esas sucesivas reformas, siendo yo un niño de tres años, me caí por una escalera a medio construir y casi me mato.

Lo curioso es que hasta este verano no empecé a percatarme de las consecuencias de aquel devenir caótico que duró décadas, de la extraña morfología de aquel animal en que se había convertido la casa del pueblo. Descubrí pasillos que ya no conducen a parte alguna y que se han reconvertido en alacenas de trastos incunables; dormitorios sin puertas ubicados en antiguos pasillos; habitaciones encajonadas en la oscuridad frente a retretes soleados que nadie usa; escaleras con imposibles y peligrosas bifurcaciones; altillos escondidos en huecos tan insospechados que nadie los recuerda; salones de estar con azulejos de cocina; chimeneas que son maceteros y patios estrechos como tiro de chimeneas.

Este caos arquitectónico también contagió al mobiliario y, aunque no con igual proliferación de desatinos, en la casa de mis padres, en el pueblo, te toparás con retretes engalanados con una mesita de noche, con muebles de salón encajonados en los dormitorios o con cuadros que representan escenas con caza mayor luciendo en el lavadero. También me llamaron la atención la última vez que fui esa abundancia de las alcayatas, cárcamos, clavos… de los que ya nada cuelga y que llevan décadas aferrándose a las paredes en lugares hoy extravagantes aunque en su día tuviesen algún sentido. Algunos acumulan tantas capas de cal o de pintura que han perdido su antigua fisonomía y se han transformado en seres extraños con aspecto de ancianos sentados al sol. Entrañables ancianos que podrían narrarte mil y una historias.

Otros de los habitantes de esa casa encantada son los enchufes a los que ya no llega la electricidad, anulados en alguna de las sucesivas reformas y que nadie se molestó en retirar. Como al pueblo voy de tarde en tarde, me sigo olvidando cada vez y les enchufo el cargador del móvil, del portátil o de la cámara… que obviamente no funcionan y me recuerdan donde estoy, las múltiples dimensiones espacio temporales que alberga este lugar donde nací. No es eléctrica la energía que llega ahora hasta esos enchufes. Lo entendí este verano durante una estancia con mi hija de tres años. Su sola presencia me hizo revivir con más intensidad que nunca toda mi infancia y juventud en aquella casa. Me hizo verme, mirarme, sentirme, preguntarme… Preguntarme, por ejemplo, ¿dónde se encendía la luz cuando pulsaba alguno de esos interruptores que, también anulados, siguen en las paredes? ¿qué extraña habitación se iluminaría con ese gesto? ¿a qué otro misterioso mundo me conduciría?

Esos otros mundos imaginarios son el lugar que habitamos los narradores. A veces están muy cerca, en tu propia casa. Sólo hay que saber pulsar el interruptor adecuado. La energía que necesitamos para iniciar este viaje planetario no es eléctrica, sino puramente emocional. Aquella casa era un ejemplo vivo, aunque hasta ese verano, junto a mi niña, no terminé de comprenderlo. Su empeño en pulsar una y otra vez aquellos interruptores aparentemente me iluminó a mi.

Esa casa encantada, construida y deconstruida, forma parte esencial de mí como narrador. No solo porque supone una metáfora de lo que significa nuestro quehacer, también porque la gran mayoría de las historias que cuento tienen que ver con ella y con el entorno rural donde está, como La perra vieja, Tres estaciones o La tienda del fin del mundo. Cuando pulso ese interruptor fantasmal siempre aparezco en el pueblo, en el mundo rural, por arte de magia. Encontré mi Macondo sin buscarlo. O más bien lo busqué lejos pero, como suele ocurrir, estaba justo a mi lado, en el lugar en que nací. “Enséñame un ladrillo de tú aldea y me enseñarás el mundo” con eso comulgo como narrador y es una de las razones por las que emprendimos el Proyecto Hundidero-Gato hace ya un año, en noviembre de 2013.

Con el Proyecto Hundidero-Gato lo primero fue, pues, querer contar una historia, en este caso un relato que nos permitiría mostrar no uno sino cientos de miles de ladrillos de nuestra aldea, esos con los que se construyó el Pantano de los Caballeros, el eje central de nuestra narración. El documental “El Gato y los Caballeros” contará la inaudita historia de la edificación de esa presa, que llegó a ser la mayor de Europa en su época -principios del s. XX- levantada con las técnicas más novedosas, por los mejores ingenieros europeos, por las empresas más punteras… pero que jamás consiguió embalsar agua ni, por supuesto, generar la electricidad para la que estaba destinada. Ese enorme pantano sigue hoy en pie, como un extraño monolito, habitado de enchufes e interruptores por los que no transita ya ninguna energía salvo la emocional y la narrativa.

Todos los que somos de Benaoján o de Montejaque hemos crecido oyendo los relatos sobre la construcción de esa presa y de cómo los obreros -muchos de nuestros paisanos- se vieron obligados a adentrarse en la aledaña cueva Hundidero-Gato para intentar taponar las enormes pérdidas que tenía el pantano. Una de las mayores hazañas de aquellos hombres fue recorrer el enorme complejo subterráneo de punta a punta, de una entrada a la otra, de la Cueva de Hundidero a la Cueva del Gato. Era la primera vez que se certificaba fehacientemente que esas dos grutas se comunicaban. Fue todo un hito para la historia de esos dos pueblos, Montejaque y Benaoján, que han cohabitado a lo largo de siglos con la sobrecogedora presencia de ambas cuevas y con sus leyendas.

Espoleado durante décadas por mi amigo y paisano Miguel Aguilar Aguilar para que contara aquella historia local pero con tintes de epopeya mítica, por fin decidimos embarcamos en la aventura que supondrá la producción del Documental «El Gato y los Caballeros”. Con producción de La Ventana Invisible y música del prestigioso compositor malagueño Antonio Meliveo –también productor asociado- el documental es el núcleo alrededor del que se construye una empresa más amplia: el Proyecto Hundidero-Gato un esfuerzo de dinamización local y desarrollo rural sostenible para los municipios de Montejaque y Benaoján -y por extensión del resto de la Serranía de Ronda- que incluye numerosas actividades (bus-film, cursos, charlas, talleres…) cuyo propósito es poner aún más en valor uno de los entornos naturales más singulares de Andalucía: el complejo hidrográfico subterráneo formado por esas dos grandes cuevas, Hundidero y Gato, comunicadas entre sí por más de 12 km de galerías subterráneas inundadas por el agua, espacio declarado Monumento Natural por la Junta de Andalucía que cada año atrae a miles de visitantes por su belleza y singularidad geológica.

En esta web que hoy inauguramos (www.hundidero-gato.es) tenéis todos los detalles del Proyecto Hundidero-Gato, además de información sobre la comarca.

Pasen, los invito a mi casa del pueblo.