Más negra es el hambre

“Más negra es el hambre”

Uno de las momentos quizás más sobrecogedores del relato de Joaquín Guerrero “Mi viaje por las profundidades de la Tierra” es cuando hace alusión a los obreros muertos durante la construcción del “Pantano de los Caballeros”, también llamado “Pantano de Montejaque”.  La información que se tenía hasta ahora hablaba sólo de un muerto durante todas las fases de la obra, es decir: la edificación de la  presa, la impermeabilización de la base del pantano y los trabajos dentro de Hundidero-Gato.  Aprox. desde 1921 a 1936.

A los que estudiamos este asunto siempre nos pareció extraño una cifra tan baja, teniendo en cuenta la época y lo peligroso de los trabajos. Por eso fue una gran sorpresa leer estas frases de Joaquín Guerrero en su libro:

“Muchas veces sucedía que algunos obreros, eran traídos ya cadáver al cementerio y en el depósito se les practicaban la autopsia y a escondidas yo presenciaba su ejecución para lo cual, por una ventanilla del depósito, con ayuda de unas piedras grandes que en el suelo ponía, me subía a ellas y muy curiosamente observaba todo. Veía que en la loza de mármol ponían al difunto y el forense con un serrucho cortaba la tapa de los sesos. Después con un cuchillo muy fino abría el cuerpo humano donde observaba todos sus órganos…” “Estos pobres morían por diferentes causas. Unos por las explosión de los barrenos antes del tiempo reglamentario, otros por la caída de alguna máquina. A todos se les hacían grandes funerales costeados por la Compañía Sevillana y los familiares quedaban bien retribuidos”.

Como veis, Joaquín no concreta ningún número de fallecidos, pero puede deducirse, por todos los plurales incluidos en su relato, que no fue sólo uno. Gracias a su testimonio ya es más que evidente que los trabajadores del Pantano de los Caballeros se jugaban la vida cada día. Valga esta valiosa información para rendir un homenaje a todos esos hombres de la comarca de Ronda que conformaron el grueso de los obreros de aquella colosal construcción, el mayor pantano abovedado de Europa de su época, y que acabaron internándose en la tierra para intentar terminar con éxito su tarea.

Muchos de esos trabajadores eran originarios de los dos pueblos más cercanos, Montejaque y Benaoján, donde su ubican ambas cuevas (Hundiero y Gato) pero sabemos, por las listas de trabajadores que se conservan, que otros muchos pueblos de la serranía aportaron mano de obra al también llamado “Pantano de Montejaque”. Se podía decir que casi en cada familia de la comarca había alguien trabajando en el pantano. No sabemos sin embargo cuál era el origen del único fallecido conocido: Manuel Malpartida. La única referencia de su muerte que tenemos es una breve nota en la página 15 del periódico La Vanguardia, publicada el 14 de diciembre de 1923, que dice así:

En el pantano de Montejaque se cayó sobre un cable de alta tensión el obrero de 25 años Manuel Malpartida, electrocutándose.

Resulta curioso que apenas dos meses antes de la muerte de este trabajador hubo una denuncia referida a la situación laboral de los trabajadores del pantano, que dio lugar a una inspección por parte del Ayuntamiento de Ronda el día 21 de octubre de 1923. El mismo alcalde de Ronda, Carlos Pinzón del Río, acompañado de un secretario, se personó en las obras para realizar una inspección ocular y comprobar el fundamento de la denuncia recibida en el Instituto de Reformas Sociales. Los denunciantes decían que los obreros seguían con sus labores en los días festivos siendo despojados de sus derechos, que trabajan más de ochos horas al día y que el servicio sanitario es deficiente.

El alcalde de Ronda citó a declarar, entre otros, a uno de los ingenieros suizos que dirigían la obra, Mauricio Abellay, que declaró lo siguiente:

“…en efecto es cierto… que tiene a los obreros trabajando los domingos, pero que respetuosos con las leyes españolas, oportunamente solicitó y obtuvo de Sr. Alcalde de Montejaque el correspondiente permiso… Que las obras han de estar hechas dentro de un plazo relativamente breve, por lo que precisa aprovechar todos los días… Y que a pesar del trabajo en domingo, el declarante les da a los obreros  todo género de facilidades, incluso para satisfacer las necesidades espirituales, permitiéndoles que vayan a Montejaque para oír misa”

Tras su inspección, el alcalde de Ronda cerró las diligencias considerando infundadas las denuncias formuladas. Sin embargo en su informe parece buscar razones que justifiquen la presión que, evidentemente, soportaban los obreros:

“…si se retrasan la obras sobrevendrán graves e irreparables perjuicios a las Sociedad constructora, esto aparte de que trabajan por su gusto sin que nadie los fuerce, obligados por la necesidad, pues si no trabajan, no teniendo aquí a sus familias , no podrían comer”

Efectivamente, otro de los logros de los ingenieros de esta megaconstrucción fue la rapidez con que fueron capaces de edificar los 84 metros de muro de la presa. En apenas 8 meses estaba listo. El cerebro que diseñó y controló cada fase de las obras, el ingeniero suizo Gruner, una eminencia mundial en su especialidad, inventor de nuevas fórmulas matemáticas para calcular la curvatura de la presas abovedadas -que se aplicaron por primera vez en el Pantano de Montejaque- publicó un artículo sobre el Pantano de los Caballeros el 1 de abril de 1927 en el número 2.474 de la Revista de Obras Públicas donde decía lo siguiente:

“En una economía racional, el capital debe producir intereses desde el primer día y, por consiguiente, es muy importante que la presa esté terminada dentro del más corto plazo posible”.

Lo tenían claro. Y de hecho, en parte, lo consiguieron. Pero no sabemos lo que costó en vidas humanas. Manuel Malpartida es el único nombre propio, aunque quién sabe cuántos de esos obreros que, como decía el alcalde de Ronda, “obligados por la necesidad” trabajaron durante años en esa peligrosa y titánica construcción, fallecieron allí. Teniendo en cuenta además las premuras de los constructores y las dificultades sobrevenidas que les obligó a internarse en la cueva Hundidero-Gato para taponar los sumideros por donde el pantano “se  desangraba”.

Eran años, siglos podíamos decir, de miseria. Y los lugareños temían más al hambre que a gigantes mecánicos o a monstruos infernales. Trabajar en el pantano era incluso todo un privilegio. Se ganaba más que en otros sitios y, además, se les contrataba y cotizaban a la seguridad social, hecho inaudito en esa época. Por eso acabar en el depósito del cementerio de Montejaque era sólo un riesgo más que asumir en su difícil supervivencia. Los lugareños eran de hecho los principales beneficiados del retraso en las obras, nada menos que aprox. 10 años de demora. De ahí que se inventaran esa coplilla que se hizo tan popular en aquel tiempo:

“Virgen de la soledad,
extiende tu blanca mano,
dale viñas a Montejaque
y agujeros al pantano”

En los cementerios de estos pueblos era normal que existiese esa “caseta” que se usaba a la vez de depósito de cadáveres y de lugar para las autopsias. En Benaoján, mi pueblo, donde se encuentra la Cueva del Gato, también había una con la misma finalidad. Cuando era niño también se hacían autopsias allí y también algunos chiquillos iban a observar a escondidas aquella macabra operación. Me invitaron pero nunca fui. Joaquín Guerrero era uno de esos niños con la curiosidad y el, podíamos decir, coraje necesarios para contemplar algo tan horroroso.

Es difícil poner calificativos a la acción de un niño con 11 ó  12 años… “curiosidad”, “coraje” “inconsciencia”… ¿quién sabe? Pero allí estaba.  No sólo eso sino que, a pesar de haber visto a aquellos obreros muertos y abiertos en canal y a pesar de ser testigo del peligro que entrañaban aquellas obras, no sólo aceptó trabajar en el pantano sino que acabó adentrándose bajo tierra con los 20 obreros que descubrieron para la historia la conexión entre Hundidero y Gato. Por eso Joaquín era muy consciente del logro que habían conseguido, conocía de primera mano el sudor y la sangre que había costado llegar hasta allí. En este sentido, resultan muy elocuentes y a la vez muy conmovedoras, sus  palabras rememorando ese momento:

“Esta fecha seria memorable para nosotros, considerándome por este motivo muy machote a mis catorce años. Yo iba caminando y de paso soñaba que por este motivo sería un personaje muy famoso. Soñaba que la Historia hablaría de mi persona y más por tener 14 años. Soñaba que ya sería feliz para toda la vida” .

No es extraño, considerando la miseria reinante en esos años, que tras su hazaña el niño Joaquín soñase con poder escapar de ella. Y como él, el resto de los obreros. Por eso sin duda arriesgaron sus vidas en el pantano adentrándose incluso en el oscuro “infierno” subterráneo, porque más negra es el hambre.

Cuenta Joaquín Guerrero en su libro que, cuando los dos grupos de obreros -los 10 que entraron por Hundidero y los 10 que entraron por Gato- se encontraron dentro de la cueva, fue tanta la alegría y la emoción que algunos se pusieron a cantar y a bailar flamenco. Supongo que delante del ingeniero jefe, el suizo Arturo Filtz, que también iba en la expedición, no cantarían aquello de “dale agujeros al pantano”. Fuese cual fuese el cante, el momento es único.  No sólo por la gesta histórica, sino también por la fuerza dramática-narrativa de la escena. Imagino ese momento, a la luz del carburo y sus fantasmales sombras, tras el enorme esfuerzo de vencer a la muerte, con el cante flamenco resonando en las paredes de piedra… y, como narrador, deseo haber estado allí, viéndolo todo a hurtadillas, escondido en la oscuridad, como en el patio de butacas de un cine.